A
veces, cuando el tiempo acompaña, es un verdadero placer pasear por Madrid. Yo suelo
buscar esos momentos tan singulares cámara en mano, recorrer lugares de esta
ciudad. Por desgracia, el día a día y el stress no nos dejan saborearlos. Lugares
e historias maravillosas que esta ciudad, al igual que otras muchas tiene guardadas
en sus entrañas.
Hace
unos días, me dispuse a salir de casa para dirigirme a una exposición
fotográfica en el barrio de La Latina. La puerta del Sol sería el primer
destino de mi paseo. El sol lucía, era por la tarde y una luz dorada nos
envolvía. Caminando por la calle Preciados iba observando el bullicio de la
gente. Las tiendas hacían su negocio, los escaparates recibían miles de
miradas, algunas con el desconsuelo de no poder comprar aquello que anhelaban,
mientras que otras de forma compulsiva entraban y salían de las tiendas con un
montón de bolsas en sus manos. Miradas que se cruzan pero no se miran.
Me
dirijo hacia un pequeño bar. “Casa Labra” en la calle Tetuán, semiesquina con
la calle Preciados. Está como siempre lleno, una larga cola de personas aguardan
en la calle esperando sus porciones de bacalao. Me coloco en la cola, pues
pasar por aquí y no probar su bacalao es realmente un delito. Tras quince o
veinte minutos de espera, llega mi turno, pido mis dos “tajadas” en el
mostrador y una caña. Salgo a disfrutarlo en una de las mesas que están en la
calle. ¡Realmente merece la pena este
momento!.
Camino
hacia la Plaza Mayor, para después bajar por la Cava de San Miguel, la Cava Baja
para terminar en La latina. Es pronto, tengo tiempo, así que camino despacio,
saboreando mi paseo como si de una rica comida se tratase. Puedo andar sin
prisas, deteniéndome ante los escaparates y observando las personas que se
cruzan en mi camino. Historias fugaces que no sabemos como empiezan ni como
terminan.
En la calle de las Postas, me sorprendió mucho un mimo. Me quedé observándole un buen rato. Estaba disfrazado de ángel, su cuerpo era de color bronce, cual estatua renacentista en posición de escorzo flotando en el aire, sustentado solo por una fina varilla metálica en un extremo. ¡Desafía la gravedad!. Permanecía totalmente inmóvil. Me dieron ganas de acercarme más y tocarle, quería saber si realmente era un mimo o una estatua de bronce. Me quedé un buen rato observando. Le di unas monedas y me lo agradeció con una sonrisa y un movimiento suave y armónico. Permanecí observándole hasta que llegó su momento de descanso. Nos pusimos a charlar unos minutos. Era una mujer veinteañera, de nacionalidad argentina, vino a España huyendo de la malísima situación económica que atravesaba su país, buscando un solo sueño: vivir de su arte.
En la calle de las Postas, me sorprendió mucho un mimo. Me quedé observándole un buen rato. Estaba disfrazado de ángel, su cuerpo era de color bronce, cual estatua renacentista en posición de escorzo flotando en el aire, sustentado solo por una fina varilla metálica en un extremo. ¡Desafía la gravedad!. Permanecía totalmente inmóvil. Me dieron ganas de acercarme más y tocarle, quería saber si realmente era un mimo o una estatua de bronce. Me quedé un buen rato observando. Le di unas monedas y me lo agradeció con una sonrisa y un movimiento suave y armónico. Permanecí observándole hasta que llegó su momento de descanso. Nos pusimos a charlar unos minutos. Era una mujer veinteañera, de nacionalidad argentina, vino a España huyendo de la malísima situación económica que atravesaba su país, buscando un solo sueño: vivir de su arte.
Tras
unos meses en Madrid y después de gastar sus ahorros, harta de no encontrar
trabajo, terminó haciendo de mimo que solamente
le daba para mal vivir. Me conto que había estudiado arte dramático y canto en
Buenos Aires. Estaba ahorrando para volver a su país, la situación allí había
mejorado y tendría más posibilidades que aquí.
Yo le hice unas fotos, nos despedimos, deseándole mucha suerte. Seguí mi
camino pues debía acudir a la exposición de mi amiga. Mientras caminaba, iba pensando
en el ángel que acababa de conocer, una muchacha dulce, amable, con una corrección
exquisita al hablar. Pasando penurias pero siempre con una sonrisa en su cara y
unos ojos azules llenos de dulzura.
Artistas
urbanos que nos encontramos a diario, pasan desapercibidos, escondidos en una calle,
en el metro o en un semáforo. No piden nada, nos dan su arte y su música. Ellos
solo buscan el agradecimiento de un publico fugaz, unas monedas para sobrevivir
ese día.
Estoy
convencido que después de leer esta columna, pensarán más en esas personas que
trabajan en este gran teatro llamado “ciudad“. Cuando en un semáforo vean unos
malabaristas, se crucen con un mimo o quizás con un pobre anciano sentado
tocando una y otra vez “la vie en rose” con su viejo acordeón. No dudarán en darles una moneda, aunque tan solo sean diez céntimos.
¡Ah! y sí tienen la gran suerte de ver un
ángel por favor párense y denle
recuerdos de mi parte.
No hay comentarios:
Publicar un comentario